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viernes, 20 de octubre de 2017

Fábula 3


 Samaniego.
    

         «¡Ah! ¡quién fuese Caballo! 
Un Asno melancólico decía; 
Entonces sí que nadie me vería 
Flaco, triste y fatal como me hallo. 
Tal vez un caballero 
Me mantendría ocioso y bien comido, 
Dándose su merced por muy servido 
Con corvetas y saltos de carnero. 
Trátanme ahora como vil y bajo; 
De risa sirve mi contraria suerte; 
Quien me apalea más, más se divierte, 
Y menos como cuando más trabajo. 
No es posible encontrar sobre la tierra 
Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, 
Cuando al Caballo ve cómo pasaba, 
Con su jinete y armas, a la guerra. 
Entonces conoció su desatino, 
Rióse de corvetas y regalos, 
Y dijo: «Que trabaje y lluevan palos, 
No me saquen los dioses de Pollino.»

Fábula 2


 Don Juan Manuel: El Conde Lucanor.

            Un día hablaba el Conde Lucanor con su consejero Patronio y le dijo:
-Patronio, desde hace mucho tiempo tengo un enemigo que me ha hecho mucho daño y yo a él, de modo que por obras y pensamientos estamos muy enemistados. Y ahora sucede que otro caballero, más poderoso que nosotros dos, está haciendo algunas cosas de las que ambos tememos que nos pueda venir mucho daño. Mi enemigo me ha sugerido que nos unamos y preparemos nuestra defensa contra el que desea atacarnos, pues si los dos estamos unidos le haremos frente con facilidad; pero si uno abandona al otro, cualquiera de nosotros que vaya contra aquel caballero no podrá vencerlo y, cuando uno de los dos sea derrotado, el que sobreviva será vencido aún más fácilmente. Por eso tengo serias dudas en este asunto, pues si hacemos las paces habremos de fiarnos el uno del otro, por lo cual, si aquel enemigo mío me quiere engañar y si yo estuviese en sus manos, mi vida correría peligro; pero por otra parte, si no nos unimos como me sugiere, nos puede venir mucho daño, tal como os he dicho. Por la confianza que tengo en vos y por vuestro buen juicio, os ruego que me deis consejo para obrar como mejor deba.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, la cosa es importante y al mismo tiempo peligrosa. Para que mejor sepáis lo que debéis hacer, me gustaría contaros lo que ocurrió en Túnez a dos caballeros que vivían con el infante don Enrique.
El conde le pidió que se lo contara.
-Señor conde -comenzó Patronio-, dos caballeros que estaban en Túnez con el infante don Enrique eran muy amigos y vivían juntos. Estos dos caballeros no tenían sino un caballo cada uno, y mientras ellos se estimaban y respetaban, sus caballos se tenían un odio feroz. Como los caballeros no eran tan ricos que pudieran pagar estancias distintas, y por la malquerencia de sus caballos no podían compartirlas, llevaban una vida muy enojosa. Cuando pasó cierto tiempo y vieron que no había solución, se lo contaron al infante don Enrique y le pidieron como favor que echara aquellos caballos a un león que tenía el rey de Túnez.
»Don Enrique habló con el rey de Túnez, que les pagó muy bien los caballos y los mandó meter en el patio donde estaba el león. Al verse los caballos juntos en aquel lugar, antes de que el león saliese de su jaula empezaron a pelear con mucha ira. Estando en lo más violento de su pelea, abrieron la jaula del león y, cuando los caballos lo vieron suelto por el patio, se echaron a temblar y se fueron acercando el uno al otro. Cuando estuvieron juntos, se quedaron así un rato y luego se lanzaron los dos contra el león, al que atacaron con cascos y dientes de modo tan violento que hubo de buscar refugio en su jaula. Los dos caballos quedaron sin daño, porque el león no pudo herirlos ni siquiera levemente y, después de esto, los dos caballos se hicieron tan amigos que comían en el mismo pesebre y dormían juntos en la misma cuadra, aunque era muy pequeña. Esta amistad nació entre ellos por el miedo que les produjo la presencia del león.
»Vos, señor Conde Lucanor, si creéis que vuestro enemigo tiene tanto miedo del otro porque le puede causar mucho daño y os necesita tanto a vos que forzosamente ha de olvidar vuestras antiguas rencillas, pues piensa que sin vos no puede defenderse, creo que, del mismo modo que los caballos se fueron acercando poco a poco hasta perder el recelo mutuo y estuvieron bien seguros el uno del otro, así vos debéis confiar poco a poco en vuestro antiguo enemigo. Y si siempre encontráis en él buenas obras y fidelidad, de modo que estéis seguro de que nunca os hará daño, por muy bien que vayan sus cosas, entonces haréis bien y os será muy útil ir en su ayuda para que no os destruya ni conquiste aquel otro enemigo; pues en muchas ocasiones debemos soportar, perdonar y auxiliar a nuestros parientes y vecinos para que nos defiendan contra los extraños. Pero si viereis que vuestro enemigo es de tal condición que, desde que le hayáis ayudado y sacado del peligro, al tener sus tierras a salvo, se levantará contra vos y no podréis confiar en él, no sería muy sensato que le ayudarais sino que debéis apartaros de él cuanto podáis, porque habréis comprobado que, aunque estaba él en un trance muy apurado, no quiso olvidar su antiguo recelo contra vos, sino que esperaba el momento oportuno de causar vuestro daño, con lo cual queda bien patente que no deberéis ayudarle a salir del peligro en que ahora se encuentra.
Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo, pues comprendió que le daba un buen consejo.
Y como don Juan vio que este cuento era muy bueno, lo mandó poner en este libro e hizo los versos que dicen así:
Estando vuestras tierras protegidas de daño,
evitad las argucias que urden los extraños.

Fábula 1


 Arcipreste de Hita: El libro del Buen Amor.
   
            
Iva lidiar en campo el caballo fasiente,


porque forçó la dueña el su señor valiente,


lorigas bien levadas, muy valiente se siente:


mucho delante l'iba el asno mal doliente.



238Con los pies, et con las manos, et con el noble freno.


El caballo soberbio fasía tan grand sueno,


que a las otras bestias espanta como trueno:


el asno con el miedo quedó, et no l' fue bueno.



239Estava refusando el asno con la grand carga,


andava mal e poco, al caballo embarga:


derribole el caballo en medio de la varga;


dis': 'Don villano nesçio, buscad carrera larga.'



240Dio salto en el campo ligero, aperçebido,


coydó ser vençedor, et fincó él vençido.


En el cuerpo muy fuerte de lança fue ferido,


las entrañas le salen, estava muy perdido.



241Desque salió del campo, non valía una çermeña;


a arar lo pusieron, et a traer la leña,


a veses a la noria, a veses a la aceña:


escota el soberbio el amor de la dueña.



242Tenía del grand yugo desolladas las çerviçes,


del finojar a veses finchadas las narises,


rodillas desolladas fasiendo muchas prises,


ojos fondos, bermejos, como pies de perdises.



243Los quadriles salidos, somidas las ijadas,


el espinaso agudo, las orejas colgadas:


vídolo el asno nesçio: rijó bien tres vegadas,


dis': 'Compañero soberbio ¿dó son tu empelladas22?



244'¿dó es tu noble freno, et tu dorada silla?


'¿dó es tu soberbia, dó es la tu rensilla?


'Siempre vivrás mesquino, e con mucha mansilla,


'vengue la tu soberbia tanta mala postilla.'



245Aquí tomen enxiemplo, et liçón cada día


los que son muy soberbios con su grand orgullía,


que fuerza e edat e onra, salud e valentía


non pueden durar siempre, vanse con mançebía.